1ª generación: origen y expansión

Llegado desde Valencia durante los años treinta, Francisco Aznar Cortés empezó a trabajar como heladero por cuenta ajena. Eran tiempos duros y de privaciones, aunque no todo fueron sinsabores, pues se casó con la mujer que se convertiría en su apoyo incondicional en las siguientes décadas.

Obtenida su licencia de feriante, el permiso necesario por esa época para trabajar como heladero ambulante, formaría durante poco tiempo sociedad con su hermano Joaquín antes de dar el salto y establecerse por su cuenta en los años cuarenta, en un pequeño puesto del ahora casco viejo de Palma. Su oferta abarcaba helados, golosinas y otros productos autóctonos, oferta que mantendría al comprar un solar en la calle Benito Pons (actual Benet Pons i Fàbregues). Eso fue en los cincuenta, momento en el que edificaría su fábrica y almacén de helados, productos que pasaría a convertirse en su especialidad, en sus diversas formas: polos, bombones, barras de helado y “coreanos” (polos de avellana y chocolate).

Hasta 1960 vendería sus helados en carritos ambulantes, ayudado por su hijo Francisco. Seis máquinas en propiedad y suministro de materia prima a nueve conductores más. Luego abandonaría la costosa apuesta por los carritos y probaría suerte con la venta a bares y restaurantes. Tres años después convertiría en tienda parte de su fábrica en Benito Pons, ampliando la gama de productos para mantenerla abierta fuera de la temporada estival con buñuelos, churros y patatillas. Diez años más tarde servía a más de medio centenar de negocios, punto en el que decidiría formar parte de la recién creada Helados Calatayud SA, con sede en el Polígono Son Castelló, donde su hijo Francisco pasaría a trabajar.

2ª generación: innovación y excelencia

En 1980 llega la jubilación del patriarca de los Aznar y la toma de posesión de su hijo. Sin embargo, el traspaso de poderes no fue directo hacia Francisco Aznar Doménech, pues durante medio año, la gerencia y dirección del establecimiento correría a cargo de su esposa.

Este periodo define lo que hoy en día es Gelats Paco: exigencia, trabajo y calidad. Lejos de intentar expandirse, la empresa decidió perfeccionar hasta el último detalle del proceso de elaboración del helado y el servicio al cliente. El perfecto binomio formado por el matrimonio gerente, les permitiría: a él, perfeccionar el producto, y a ella, desarrollar la comercialización, complementándose y logrando los resultados visibles hasta hoy.

Dos reformas del local, en 1985 y 2003, y dos renovaciones de la imagen gráfica, incluyendo el cambio en la denominación de Helados Paco a Gelats Paco, serían el colofón a una etapa difícil en una España que luchaba por crecer. Nuevos sabores, mejores y más cuidados ingredientes, pruebas y búsquedas, llenaron jornadas de sol a sol, de lunes a domingo, para obtener el nivel de calidad y reconocimiento de los clientes. A día de hoy, dicha clientela no sólo sigue siendo fiel, sino que trae a sus hijos a compartir el gusto por las cosas bien hechas, igual que hicieron con ellos sus padres y madres.

3ª generación: asentamiento y optimización

El 2006 vio la llegada de la tercera y hasta ahora última generación de heladeros. Como su padre, Francisco Javier Aznar Sastre vivió ya el oficio siendo niño. Desde pequeño, envidiado por sus amigos por vivir entre cucuruchos y tarrinas, fueron muchos los veranos que pasó hirviendo y fabricando helado en el obrador a muy altas temperaturas. Eso sin contar las noches en el mostrador atendiendo a clientes hasta la madrugada, en ese puerto donde aliviarse del calor mallorquín que era y sigue siendo la vieja tienda de Benet Pons i Fàbregues.

Con él llega la apuesta por optimizar el sistema de trabajo, por adaptarlo a un modelo de empresa más moderna pero que no desea renunciar a sus orígenes familiares, a su lema de poco a poco, con esfuerzo y humildad. Y con esa motivación también llega la apertura de la nueva tienda en la conocida calle Blanquerna. Lo mejor en materiales  y diseño, sumados a un gran cambio de imagen, son la prueba de que el nieto del primer Aznar busca dejar su impronta.

Una vez más no estará solo, pues igual que su padre y su abuelo, tiene a su esposa para apoyarle. Ella ha recogido el pesado testigo de ser mujer de heladero, responsabilidad que llevaron sus antecesoras, para perpetuar este proyecto nacido hace ya más de medio siglo. Pueden preguntar a cualquier heladero. Esta es una de las pocas cosas en la que están de acuerdo: sin ellas, ninguno de sus negocios saldrían adelante.